Rrrrr, Rrrrrr, Rrrrrrr

martes, 27 de julio de 2010

Amable

Su nombre nos era familiar como palabra, pero jamás habíamos conocido a ningún otro que lo llevara a cuestas. Como adjetivo es usual. Amable. Y hacía buen uso de él porque amable sí que era. Era Amable y amable, amable y Amable desde hacía 78 años. El típico señor mayor de aldea, un gallego de los pies a la cabeza. En la suya llevaba caladita una gorra estilo boina, y sus ropas absolutamente sencillas, de campo. Y era uno de los mejores jugadores de tute de toda la comarca. Y le tuve de compañero, de pareja de tute en una partida. Y era listo, muy avispado, no se le escapaba una.

A la mínima aprovechaba para contarnos cosas de su niñez, de su juventud (de su etapa adulta no contó apenas nada, salvo que tenía un hijo que trabajaba en la administración en Gerona y que en cambio su mujer y su pequeño de tres años vivían en Guadalajara). Y ahí empezó todo. Nos buscaba, nos iba a ver al hotel rural de Gustavo (el compañero de mi marido que consiguió tras jubilarse hacer un hotel de esas características en su comarca natal, esa que tantísimo adora, aquel sueño que llevaba en danza en su cabeza y que por fin llegó a cumplir). Íbamos a desayunar y al bajar de asearnos y lavarnos los dientes, ahí teníamos a Amable esperando pacientemente por si queríamos pasar un rato con él. Comíamos, echábamos quizás algo de siesta o tonteábamos un poco haciéndonos los locos, y al bajar, ahí teníamos de nuevo a aquel amable Amable haciendo tiempo, tomándose un café descafeinado hasta que bajábamos. Y justo el día anterior a marcharnos, Amable estaba esperándonos para despedirse de nosotros con toda su amabilidad a cuestas. Y entonces a mi contrario se le ocurrió hablar de mili. Dices tú de mili... Y Amable comenzó con su relato y allí se nos presentaron el cabo furriel, el coronel con un bigote de impresión, los mosquetones y su limpieza, las guardias, los calabozos, los permisos, las peladuras de "patacas" (patatas en gallego) y todo lo que a Amable se le venía a la cabeza de aquellos tiempos.
Pero lo que a mí más me impresionaba era la memoria prodigiosa en una persona de ochenta años, la cantidad de detalles que mantenía allí guardaditos y que decidió sacar de golpe como si de un torrente se tratara..
Sé que nos echa de menos y que espera que volvamos por allí a jugar al tute, cuando sea, cuando buenamente se pueda. Y nos esperará amable, todo lo amable que es, con toda esa amabilidad y ternura llena de canas, de arrugas, de experiencias y de serenidad que supongo que termina dando la vida, una larga vida que se siente ahora más sola que nunca, que necesita ser compartida, aunque sea con unos desconocidos que lo más que han hecho es charlar con él y jugar al tute. Ganando, claro. Con experiencias así siempre se sale ganando

4 comentarios:

Deadwords dijo...

Si es que no hay biblioteca histórica mas completa que la de miles de amables y no tan amables entrados en canas de este país.
Los abuelos cebolleta del mundo a veces se ponen pesados, pero se aprende mucha historia de ellos.

Y suerte si algún día pasamos a formar parte de esa generación y no de la que no puedo contar nada porque es tal su olvido que no saben ni como se llaman.

Bonita historia, bien narrada, y llena de detalles, futura, aunque lejana, Amable del mundo. :D

Ummm, ¿O tú vas a ser de las cascarrabias que persiguen con la escoba a los chiquillos?, jajaja

MariClick dijo...

Precioso texto, maria lourdes. Eres una piazo escritora.

Lara dijo...

Ay¡ Marmopi, dices que no sabes llegar al corazón con tus escritos...pues anda que si supieras...
Me ha gustado esa amabilidad que has descrito ante lo que has sentido junto a Amable.
Lo has hecho cercano, tanto, que amablemente nos has hecho un poco más amable el día, al leerte.
Gracias y un beso.

Marmopi dijo...

Muchas gracias por vuestros elogios, chicos! Sabéis qué creo? Que describí aquella tierna sensación porque aquel hombre, Amable, era el vivo retrato de mi padre que espero descanse allá donde esté. Buen jugador de tute, edad similar, ojos tiernos llenos de brillo, piel curtida y ajada por el paso del tiempo a través de ella... Ojalá mi padre hubiera estado allí con nosotros, contando los tantos de las cartas y sonriendo pillamente como hacía tute tras tute. Ojalá mi padre estuviera vivo para haber visto cómo su selección ganó un mundial, ojalá estuviera vivo para poderle dar todos los abrazos que no le dí en vida. Ays, me puede la nostalgia. Seguro que pasando el aspirador se me quita. De todos modos, mil gracias!!!!

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