Rrrrr, Rrrrrr, Rrrrrrr

miércoles, 13 de noviembre de 2013


LA MAESTRA - Hector Gagliardi

 
Tan buena como mi vieja
y como ella nerviosa,
de las que agrandan las cosas
y que por nada se quejan;

Tenía entre ceja y ceja
esa cuestión del aseo
y en lo mejor del recreo
revisaba las orejas.

Decía que un pajarito
al oído le nombraba
los niños que conversaban
cuando salía un ratito;

Y si un grandote de quinto
armaba la tremolina,
parecía una gallina
cuando tiene los pollitos.

Nos tomaba la lección
siguiendo el orden de lista
y obligaba con la vista
a seguir con atención.

Yo era medio remolón
porque andaba por la “G”
y cien veces me chasquié
al preguntar de a traición.

Se pasaba todo el día
prometiendo malas notas
y que en vez de la pelota
estudiaran geometría.

Era mujer que sabía
de un golazo de boleo,
por eso es que en el recreo
los muchachos se reían.

Pero un vez se enfermó
y mandaron la suplente
que enseñaba diferente
y un día de “usted” nos trató.

Y nosotros ¡qué se yo!...
sería mejor maestra
pero fieles a la nuestra
declaramos el boicot.

Y cuando ya vino al grado
después de la enfermedad
nos pusimos a gritar
que casi la desmayamos
y cuando vio tantas manos
que la querían tocar
de floja se echo a llorar
y nosotros la imitamos.

Ah! Pobre maestra mía!
¡Cómo estarás ya de vieja!
revísame las orejas,
soy un chico todavía.

No sabes con qué alegría
quisiera volverte a ver:
no me vas a conocer
pero entonces te diría:
Yo ocupaba el tercer banco
al lado de la ventana,
el que abría las persianas
cuando el sol no daba tanto.

El que se ahogaba de llanto
el día que te dejó
y que nunca te olvidó
y es por eso que te canto.

Vos sos la dulce canción
de la edad que ya se fue;
hoy he venido otra vez
para darte la lección:
Preguntame de a traición,
maestra del cuarto grado,
que cuanto me has enseñado
lo llevo en el corazón.

 

Este poema se lo quiero dedicar a alguien que, a pesar de no saber si vive o ya falleció, causó en mí un sentimiento de cariño impresionante y eso es algo muy de agradecer por mi parte. Su nombre es (o era) Mª Ángeles, de Puertollano, y fue mi maestra cuando yo era pequeñaja. Cuando yo tenía siete años cambiamos de barrio y empecé a ir a otro cole más cercano, pero siempre la recordé; incluso fui a verla cuando yo estaba ya en el instituto. Y, por muchos años que hayan pasado, sigue aquí, en esta cabecita mía, como lo que era, una de las mejores maestras y personas que por mi vida han pasado. Ójala todos los profesionales de cualquier oficio fueran como ella fue, una auténtica luchadora a la que le entusiasmaba su profesión y que peleaba porque sus "niños" aprendieran, ante todo, a ser buenas personas. ¡Gracias, Mª Ángeles!

 

 

6 comentarios:

Emilio Manuel dijo...

Muchos de nosotros tenemos nuestro maestro que siempre recordaremos, yo también tengo el mio, lo fue hace la friolera de 50 años, vamos, ayer.

Un abrazo.

marisa moreno dijo...

Hola, Emilio. Algunos no tendrán ni referente de maestro, por desgracia. Los que lo hemos tenido y ha sido para bien debemos estar sumamente agradecidos, pues algo bueno sacamos de ellos, de aquellos que nos enseñaron a ser lo que hoy somos.
Un saludo

manulondra dijo...

Algunos de ellos dejan huella en nuestra vida, por distintas razones. Recuerdo particularmente mi profesor (catedrático) de Latín, insigne investigador apasionado completamente por el idioma y la cultura romanas. Yo era uno de los mejores de la clase en esa asignatura, e intuía que él esperaba de nosotros un futuro espléndido. Diez o quince años después ganaba mi jornal, entre otros quehaceres, como pintor de brocha gorda. La casualidad quiso que me saliera trabajo en su propia casa. Estaba muy anciano pero logró reconocerme... !no pudo ocultar un gesto de desilusión al comprobar que uno de sus mejores alumnos se dedicase a un oficio tan insustancial! Se me quedó grabado ese encuentro y la sensación, no obstante, de que uno puede y debe llegar a ser lo mejor de uno mismo en cualquier actividad a la que se dedique.


Un saludo!

marisa moreno dijo...

Pues sí, Manu, tenemos que intentar ser los mejores en aquello que elegimos o nos elige en algunos casos. Seguro que tú con la brocha eres o fuiste de lo mejorcito, jejeje.

Lo que más siento es que no sé si vivirá aún o si estará en su Puertollano del alma si vive, pero de verdad que me encantaría volver a verla y agradecerle en persona todo lo que por mí se interesó.

Un besote grande!

Carmen Callado dijo...

Los maestros siempre han dejado huellas (algunas indelebles) en el corazón de los alumnos. Ellos han sido parte fundamental en nuestra educación y aprendizaje. Hemos pasado mucho tiempo con ellos. Y algunos, como la tuya, como alguna mía, se merecen un buen recuerdo.

Un abrazo niña.

marisa moreno dijo...

Cierto, Carmen. Siempre habrá personas en nuestras vidas que no podremos borrar fácilmente. Y algunas, como el caso de mi entrada, pasaron como de puntillitas por ella para hacernos mucho bien. Eso es con lo que debemos quedarnos e intentar dejar nosotros también nuestra huella buena en la gente que queremos.
Un achuchón, chiqui

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